
Por sus mejillas hundidas, su gran cuerpo delgado, parecía muy débil; pero la resolución del tono, la fijeza de los músculos del rostro denotaban una voluntad apoyada sobre los nervios.
– ¿La instrucción? -preguntó Katow.
– Respecto a las granadas, se conseguirá. Todos los camaradas conocen ahora nuestros modelos. En cuanto a los revólveres (los Nagan y los Máuser, al menos) se conseguirá también. Los hago trabajar con los cartuchos vacíos; pero convendría, por lo menos, poder tirar al blanco… Me han propuesto facilitarnos una cueva completamente segura. En cada una de las cuarenta habitaciones donde se preparaba la insurrección se había presentado el mismo problema.
– No hay pólvora. Quizá se reciba. Por lo pronto, no hablemos de eso. ¿Y los fusiles?
– Se manejarán. Lo que me inquieta es la ametralladora, si no se ejercita un poco el tiro al blanco.
Su nuez ascendía y descendía bajo la piel, a cada una de las respuestas. Continuó:
– Además, ¿no habría medio de conseguir unas cuantas armas más? ¡Siete fusiles, trece revólveres, cuarenta y dos granadas cargadas! De cada dos hombres, uno no tiene arma de fuego.
– Iremos a tomárselas a los que las tienen. Quizá tengamos revólveres muy pronto. Si fuera para mañana, ¿cuántos hombres no sabrían servirse de sus armas de fuego en su sección?
El hombre reflexionó. La atención le dio una actitud de ausencia. «Un intelectual», pensó Katow.
– ¿Cuándo nos hayamos apoderado de los fusiles de la policía?
– Indudablemente.
– Más de la mitad.
– ¿Y las granadas?
– Todos sabrán servirse de ellas, y muy bien. Aquí tengo treinta hombres, parientes de los supliciados de febrero… A menos, no obstante…
Vaciló, y terminó la frase con un ademán confuso. Mano deformada, pero fina.
– ¿A menos?…
– Que esos cochinos no empleen los tanques contra nosotros.
Los seis hombres miraron a Katow.
– Eso no importa -respondió-. Tomas tus granadas, unidas de seis en seis, y las colocas bajo el tanque: a partir de cuatro, salta. En rigor, podéis abrir unos fosos. ¿Tenéis herramientas?
