
– Muy pocas. Pero yo sé dónde tomarlas.
– Procura también tomar bicicletas: en cuanto se comience será preciso que cada sección tenga su agente de unión, además del centro.
– ¿Tú estás seguro de que los tanques saltarán?
– ¡En absoluto! Pero no te preocupe eso: los tanques no abandonarán el frente. Si lo abandonan, acudiré con un equipo especial. De eso me encargo yo.
– ¿Y si somos sorprendidos?
– Los tanques se ven: tenemos observadores al lado. Coges tú mismo un paquete de granadas, se las das a cada uno de los tres o cuatro individuos de quienes estés seguro…
Todos los hombres de la sección sabían que Katow, condenado, a causa del asunto de Odesa, a permanecer en uno de los presidios menos duros, había solicitado, para instruirlos, acompañar voluntariamente a los desdichados enviados a las minas de plomo. Confiaban en él, pero estaban inquietos. No tenían miedo a los fusiles ni a las ametralladoras, pero tenían miedo a los tanques: se consideraban desarmados contra ellos. Hasta en aquella habitación, adonde no habían ido más que voluntarios, casi todos parientes de supliciados, el tanque heredaba el poder de los demonios.
– Si llegan los tanques, no hagan nada; nosotros iremos allá -pronunció Katow.
¿Cómo salir de aquella vana promesa? Por la tarde, había inspeccionado una quincena de secciones, pero no había encontrado el miedo. Aquellos hombres no eran menos valerosos que los otros, sino más calculadores. Sabía que no los sustraería a su temor, que, con excepción de los especialistas que él mandaba, las formaciones revolucionarias huirían ante los tanques. Era probable que los tanques no abandonasen el frente; pero si llegaban a la ciudad, sería imposible detenerlos a todos por medio de fosos en los barrios donde se entrecruzaban tantas callejuelas.
