
La insurrección debía comenzar a la una -la huelga general, por tanto, a las doce-, y era preciso que la mayor parte de los grupos de combate estuviesen armados antes de las cinco. Las masas se hallaban dispuestas. La mitad de la policía, abrumada por la miseria, se pasaría, sin duda, a los insurrectos. Quedaba lo otro. «La China soviética», pensaba. Conquistar aquí la dignidad de los suyos. Y la URSS aumentaba a seiscientos millones de hombres. Victoria o derrota, el destino del mundo, aquella noche, vacilaba allí. A menos que el Kuomintang, después de tomada Shanghai, no tratase de aplastar a sus aliados, los comunistas… Se sobresaltó: la puerta del jardín se abrió. El recuerdo recubrió la inquietud. ¿Su mujer? Escuchaba: la puerta de la casa se volvió a cerrar. May entró. Su capuchón de cuero azul, de un corte casi militar, acentuaba lo que había de viril en su andar y hasta en su semblante -boca grande, nariz corta, pómulos abultados, propios de las alemanas del Norte.
– ¿Es eso para ahora mismo, Kyo?
– Sí.
May era médica de uno de los hospitales chinos, pero venía de la sección de mujeres revolucionarias, cuyo hospital clandestino dirigía.
– Siempre la misma cosa, ¿sabes? Acabo de ver a una muchacha de dieciocho años que ha intentado suicidarse con una hoja de afeitar en el palanquín del matrimonio. La obligaban a casarse con un bruto respetable… La han llevado con su vestido rojo de novia, todo él manchado de sangre. La madre iba detrás: una sombra minúscula, desmirriada, que sollozaba como es natural… Cuando le hice saber que la muchacha no se moriría me dijo: «¡Pobrecilla! Sin embargo, casi sería una suerte para ella que se muriera…» Una suerte… Eso dice más que nuestros discursos acerca del estado de las mujeres aquí…
Alemana, aunque nacida en Shanghai; doctora en Heidelberg y de París, hablaba el francés sin acento extranjero. Arrojó su boina sobre la cama.