El calor le penetraba poco a poco, como antes en el Black Cat; y de nuevo le invadía la obsesión del disco, como el ligero calor del descanso le invadía las piernas. Refirió su asombro ante los discos, pero como si se tratase de uno de los registros de voz que habían tenido lugar en los almacenes ingleses. Gisors le escuchaba, acariciándose el mentón anguloso con la mano izquierda. Sus manos, de delgados dedos, eran muy bellas. Había inclinado la cabeza hacia adelante; los cabellos le cayeron sobre los ojos, aunque su frente estaba desprovista de ellos. Se los apartó con un movimiento de cabeza, pero su mirada siguió perdida.

– Me ha ocurrido encontrarme de improviso ante un espejo y no reconocerme.

Su pulgar frotaba suavemente los otros dedos de su mano derecha, como si deshiciese un polvo de recuerdos. Hablaba para sí; proseguía un pensamiento que suprimía su hijo.

– Es sin duda una cuestión de medios: oímos la voz de los demás con los oídos.

– ¿Y la nuestra?

– Con la garganta; porque, con los oídos tapados, tú oyes tu voz. El opio también encierra un mundo que no oímos con nuestros oídos…

Kyo se levantó. Apenas le vio su padre.

– Tengo que volver a salir en seguida.

– ¿Puedo serte útil cerca de Clappique?

– No. Gracias. Buenas noches.

– Buenas noches.


* * *

Acostado, para tratar de debilitar su cansancio, Kyo esperaba. No había encendido la luz, no se movía. No era él quien pensaba en la insurrección; era la insurrección viva en tantos cerebros como el sueño en tantos otros, la que pensaba sobre él, hasta el punto de que ya no era más que inquietud y espera. Menos de cuatrocientos fusiles, en total. Victoria; o tiroteo, con algunos perfeccionamientos. Al día siguiente. No: en seguida. Cuestión de rapidez: desarmar en todas partes a la policía, y, con los quinientos Máusers, armar los grupos de combate, antes de que los soldados del tren blindado gubernamental entrasen en acción.



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