
– Me ha ocurrido encontrarme de improviso ante un espejo y no reconocerme.
Su pulgar frotaba suavemente los otros dedos de su mano derecha, como si deshiciese un polvo de recuerdos. Hablaba para sí; proseguía un pensamiento que suprimía su hijo.
– Es sin duda una cuestión de medios: oímos la voz de los demás con los oídos.
– ¿Y la nuestra?
– Con la garganta; porque, con los oídos tapados, tú oyes tu voz. El opio también encierra un mundo que no oímos con nuestros oídos…
Kyo se levantó. Apenas le vio su padre.
– Tengo que volver a salir en seguida.
– ¿Puedo serte útil cerca de Clappique?
– No. Gracias. Buenas noches.
– Buenas noches.
* * *
Acostado, para tratar de debilitar su cansancio, Kyo esperaba. No había encendido la luz, no se movía. No era él quien pensaba en la insurrección; era la insurrección viva en tantos cerebros como el sueño en tantos otros, la que pensaba sobre él, hasta el punto de que ya no era más que inquietud y espera. Menos de cuatrocientos fusiles, en total. Victoria; o tiroteo, con algunos perfeccionamientos. Al día siguiente. No: en seguida. Cuestión de rapidez: desarmar en todas partes a la policía, y, con los quinientos Máusers, armar los grupos de combate, antes de que los soldados del tren blindado gubernamental entrasen en acción.
