Reflexionó de nuevo.

– Cuanto más heridos hay, cuanto más se aproxima la insurrección, más se copula.

– Se comprende.

– Es preciso que te diga una cosa que acaso te moleste un poco…

Apoyado en el codo, él la interrogó con la mirada. May era inteligente y valiente; pero, con frecuencia, torpe.

– Acabé por acostarme con Langlen, esta tarde.

Kyo se encogió de hombros, como para decir: «¡Allá tú!» Pero su gesto y la expresión violenta de su rostro se compaginaban mal con aquella indiferencia. Ella le contemplaba, extenuada, con los pómulos acentuados por la luz vertical. También él contemplaba sus ojos sin mirada, sumidos en la sombra, y no decía nada. Se preguntaba si la expresión de sensualidad de su semblante vendría de lo que aquellos ojos ahogados y la ligera hinchazón de sus labios acentuaban con violencia por, contraste con sus facciones, con su feminidad… Ella se sentó en la cama y luego le tomó una mano. A él le faltó poco para retirarla, pero la dejó. May notó, sin embargo, su movimiento.

– ¿Te disgusto?

– Ya te he dicho que eres libre… No pido demasiado -añadió, con amargura.

El perrito saltó sobre el lecho. Él retiró su mano para acariciarlo quizá.

– Eres libre -repitió-. Lo demás, poco importa.

– En fin, yo debía decírtelo. Hasta por mí.

– Sí.

Que ella debiera decírselo, no hacía al caso, ni para el uno ni para el otro. Kyo quiso, de pronto, levantarse: así acostado, y ella sentada sobre el lecho, como un enfermo cuidado por ella… Pero, ¿para qué? Todo era igualmente inútil. Continuaba, sin embargo, contemplándola, para darle a entender que ella podía hacerle sufrir, pero que, desde hacía unos meses, la contemplase o no, ya no la veía; algunas expresiones, a veces… Aquel amor, frecuentemente crispado, que los unía como un niño enfermo; aquel sentido común de su vida y de su muerte; aquella correspondencia camal entre ambos, nada de todo aquello existía frente a la fatalidad que decolora las formas de que están saturadas nuestras miradas.



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