«¿La amaré menos de lo que creo?», pensó. No. Hasta en aquel momento estaba seguro de que, si ella muriese, él no serviría ya a su causa con esperanza, sino con desesperación, como un muerto. Nada, no obstante, prevalecía contra la decoloración de aquel rostro sepultado en el fondo de su vida común como en la bruma, como en la tierra. Se acordó de un amigo que había visto morir la inteligencia de la mujer que amaba, paralizada durante unos meses; le parecía ver morir a May así; ver desaparecer absurdamente, como una nube que se reabsorbe en el cielo gris, la forma de su felicidad. Como si hubiese muerto dos veces: por efecto del tiempo y de lo que le decía.

May se levantó y fue hasta la ventana. Andaba con soltura, a pesar de su cansancio. Decidiendo, por temor y pudor sentimental mezclados, no volver a hablar de lo que acababa de decir puesto que él callaba; deseando huir de aquella conversación, a la que ella, no obstante, comprendía que no escaparía, trató de expresar su ternura diciendo cualquier cosa, y recurrió, por instinto, a un animismo que a él le agradaba: frente a la ventana, uno de los árboles de Marte se había cubierto de brotes durante la noche; la luz de la habitación iluminaba sus hojas, todavía abarquilladas, de un verde tierno sobre el fondo oscuro.

– Ha ocultado sus hojas en el tronco durante el día -dijo-, y las descubre esta noche, mientras no se le ve.

Parecía hablar para sí misma; pero, ¿cómo Kyo habría podido sustraerse al tono de su voz?

– Hubieras podido elegir otro día -pronunció, no obstante, entre dientes.

También él se veía en el espejo, apoyado sobre el codo; con máscara tan japonesa entre sus sábanas blancas. «Si yo no fuese mestizo…» Hacía un esfuerzo intenso para rechazar los pensamientos odiosos o bajos, listos para justificar y alimentar su cólera. Y la miraba; la miraba, como si aquel semblante hubiera debido volver a encontrar, por el sufrimiento que infligía, toda la vida que él había perdido.



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