– La bondad da felicidad -dijo-. Amigo mío, la historia de mi noche es una no-ta-ble historia moral: ha comenzado por la limosna y acaba con la fortuna. ¡Ni una palabra!

Con el índice levantado, se inclinó hacia el oído de Kyo.

– ¡Fantomas le saluda!

Dio media vuelta y salió. Como si Kyo sintiese temor de entrarse, le contemplaba irse, con el smoking agitándose a lo largo del muro blanco. «Mucho se parece a Fantomas, en efecto, con ese traje. ¿Habrá adivinado, o supuesto, o…?» Tregua de lo pintoresco: Kyo oyó una tos, y la reconoció tanto más pronto cuanto que la esperaba: Katow. Todos se apresuraban, esa noche.

Tal vez para hacerse menos visible, caminaba por en medio de la calzada. Kyo adivinaba su blusa, más que verla, en alguna parte, arriba, en la sombra, una nariz saliente… Sobre todo, apreciaba el balanceo de sus manos. Salió a su encuentro.

– ¿Qué hay? -le preguntó, como había preguntado a Clappique.

– Todo va bien. ¿Y el barco?

– Frente al consulado de Francia. Lejos del muelle. Dentro de media hora.

– El vapor y los hombres están a cuatrocientos metros de allí. ¿Vamos?

– ¿Y los trajes?

– No se necesitan. Los tipos están completamente listos.

Volvió a entrar y se vistió en un instante: pantalón y tricota. Alpargatas (quizá hubiera que trepar). Estaba listo. May le tendió los labios. El espíritu de Kyo quería besarla; su boca, no -como si, independiente, ella le guardase rencor-. La besó, por fin, mal. Ella le miró con tristeza, con los párpados abatidos; sus ojos plenos de sombra, se tornaban poderosamente expresivos, puesto que la expresión procedía de los músculos. Kyo salió.

Caminaba al lado de Katow, una vez más.



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