
Se le escapaba por completo. Y, a causa de ello, quizá, la llamada rabiosa de un contacto intenso con ella le cegaba; cualquiera que fuese; espanto, gritos, golpes. Se levantó, se acercó a ella. Sabía que se hallaba en un estado de crisis; que al día siguiente, tal vez, ya no comprendería nada de cuanto experimentaba; pero estaba frente a ella como ante una agonía; y, como hacia una agonía, el instinto le impulsaba hacia ella: tocar, palpar, retener a los que nos abandonan, aferrarse a ellos… ¡Con qué angustia le contemplaba ella, detenido a dos pasos!… La revelación de lo que quería cayó, por fin, sobre él; acostarse con ella; refugiarse allí, contra aquel vértigo, en el cual la perdía toda entera; no tenían que conocerse cuando empleaban todas sus fuerzas en apretar sus brazos sobre sus cuerpos.
Ella se volvió de pronto: acababan de llamar. Demasiado pronto para Katow. ¿Estaría descubierta la insurrección? Lo que habían dicho, sentido, amado, odiado, zozobraba brutalmente. Llamaron de nuevo. Kyo extrajo su revólver de debajo de la almohada, atravesó el jardín y fue a abrir, en pijama. No era Katow; era Clappique que continuaba vestido de smoking. Se quedaron en el jardín.
– ¿Qué hay?
– Ante todo le devuelvo su documento: aquí está. Todo marcha bien. El barco ha salido. Va a anclar a la altura del consulado de Francia. Casi al otro lado del río.
– ¿Dificultades?
– Ni una palabra. Antigua confianza; si no, se pregunta cómo hay que hacerlo. En estos asuntos, joven, la confianza es tanto mayor cuanto menos razón de ser tiene…
– ¿Alusión?
Clappique encendió un cigarrillo. Kyo no vio más que la mancha del cuadro de seda negra sobre el rostro confuso. Fue a buscar la cartera -May esperaba-, volvió, pagó la comisión convenida. El barón se guardó los billetes en el bolsillo, arrugados, sin contarlos.
