haya hecho o haga; quienes me amen tanto como yo me amo a mí mismo; hasta el suicidio, incluso… Sólo con ella tengo en común este amor, desgarrado o no, como otros, juntos, tienen hijos enfermos y que pueden morir…» Aquello no era, por cierto, la felicidad; era algo primitivo que concordaba con las tinieblas y hacía subir hasta él un calor que acababa en una opresión inmóvil, como de una mejilla contra otra mejilla -la única cosa en él que era fuerte como la muerte.

Sobre los tejados, ya había sombras en su puesto.

4 de la mañana

El viejo Gisors arrugó el trozo de papel mal cortado en que Chen había escrito su nombre con lápiz, y se lo guardó en el bolsillo. Estaba impaciente por volver a ver a su antiguo alumno. Su mirada se dirigió de nuevo a su interlocutor presente, un chino muy viejo, con la cabeza de mandarín de la Compañía de las Indias, vestido con túnica; se dirigía hacia la puerta, con menudos pasos y con el índice levantado, y hablaba inglés: «Es bueno que existan la sumisión absoluta de la mujer, el concubinato y la institución de las cortesanas. Continuaré la publicación de mis artículos. Porque nuestros antepasados pensaron así, es por lo que existen esas bellas pinturas -mostraba con la mirada el fénix azul, sin mover el rostro, como si le hubiese guiñado el ojo-, de las que usted está orgulloso, y yo también. La mujer está sometida al hombre, como el hombre está sometido al Estado; y servir al hombre es menos duro que servir al Estado. ¿Vivimos para nosotros? No somos nada. Vivimos para el Estado, en el presente; para el orden de los muertos, a través de la duración de los siglos…»

¿Se iría por fin? Aquel hombre, aferrado a su pasado, aun hoy (las sirenas de los navíos de guerra no bastaban para llenar la noche…), frente a la China roída por la sangre como sus bronces de los sacrificios, adquiría la poesía de algunos locos. ¡El orden! Multitudes de esqueletos con túnicas bordadas, perdidos hacia el fondo del tiempo en asambleas inmóviles: enfrente, Chen, los doscientos mil obreros de las hilanderías, la multitud aplastante de los coolies. ¿La sumisión de las mujeres? Todas las noches, May refería los suicidios de las novias… El viejo salió, con el índice levantado; «¡El orden, señor Gisors!…» Después, un postrer saludo, brincándole la cabeza y los hombros.



44 из 281