En cuanto oyó que se había vuelto a cerrar la puerta, Gisors llamó a Chen y volvió con él al salón de los fénix.

Chen comenzó a pasear. Cada vez que pasaba por delante de él, que era con frecuencia, Gisors, sentado en uno de los divanes, recordaba a un gavilán de bronce egipcio cuya fotografía había conservado Kyo por simpatía hacia Chen, «a causa de su parecido». Era verdad, a pesar de que los gruesos labios aparentaban expresar bondad. «En definitiva, un gavilán convertido por Francisco de Asís», pensó.

Chen se detuvo delante de él.

– Yo he sido quien ha matado a Tang-Yen-Ta -dijo.

Había visto en la mirada de Gisors algo casi afectuoso. Despreciaba los afectos, y los temía. Su cabeza, empotrada entre los hombros, y que la marcha inclinaba hacia adelante, con la arista corta de la nariz, acentuaba el parecido con el gavilán, a pesar de su cuerpo rechoncho; y hasta sus ojos pequeños, casi sin pestañas, hacían pensar en un pájaro.

– ¿Era de eso de lo que querías hablarme?

– Sí.

Gisors reflexionaba. Puesto que no quería responder por medio de prejuicios, no podía hacer otra cosa que aprobarlo. Le costaba, no obstante, algún trabajo hacerlo. «He envejecido», pensó.

Chen renunció a caminar.

– Estoy extraordinariamente solo -dijo, mirando por fin, de frente a Gisors.

Éste estaba turbado. Que Chen recurriese a él, no le extrañaba: había sido, durante algunos años, su maestro, en el sentido chino de la palabra -un poco menos que su padre, más que su madre; desde que ambos habían muerto, Gisors era, sin duda, el único hombre del que tenía necesidad Chen-. Lo que no comprendía era que Chen, que sin duda había vuelto a ver a los terroristas aquella noche, puesto que él acababa de ver a Kyo, pareciese tan lejos de ellos.



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