
– Quizá…
Se detuvo, con los claros ojos fijos en su máscara de templario afeitado. Chen esperaba. Gisors prosiguió, casi brutalmente:
– No creo que sea bastante el recuerdo de un crimen para que te alteres así.
«Se ve que no sabe de qué habla», intentó pensar Chen. Pero Gisors había acertado en lo justo. Chen se sentó y miró los pies.
– No -dijo-; yo no creo, tampoco, que el recuerdo baste. Hay otra cosa, esencial. Quisiera saber qué.
¿Era para saber eso, para lo que había ido?
– ¿La primera mujer con quien te acostaste fue una prostituta, como es natural? -preguntó Gisors.
– Soy chino -respondió Chen con rencor.
No -pensó Gisors-. Salvo por sexualidad, quizá, Chen no era chino. Los emigrados de todos los países, de que rebosaba Shanghai, habían enseñado a Gisors hasta qué punto el hombre se separa de su nación, de una manera nacional; pero Chen no pertenecía ya a China, ni aun por la manera como la había abandonado: una libertad total le entregaba totalmente a su idea.
– ¿Qué experimentaste después? -preguntó Gisors.
Chen crispó los dedos.
– Orgullo.
– ¿De ser un hombre?
– De no ser una mujer.
Su voz ya no expresaba rencor, sino un desprecio completo.
– Me parece que quiere usted decir -prosiguió- que he debido sentirme… separado.
Gisors se guardaba de responder.
– … Sí. Terriblemente. Y tiene usted razón para hablar de mujeres. Quizá se desprecia mucho a aquel a quien se mata. Pero menos que a los otros.
– ¿Que a los que no matan?
– Que a los que no matan: los vírgenes.
Caminaba de nuevo. Las dos últimas palabras habían caído como una carga arrojada al suelo, y el silencio se ensanchaba alrededor de ambos. Gisors comenzaba a experimentar, no sin tristeza, la separación de que Chen hablaba. Recordó, de pronto, que Chen le había dicho tener horror a la caza.
