– ¿Y los demás? -preguntó.

Chen volvió a verlos, en la trastienda del vendedor de discos, hundiéndolos en la sombra o sacándolos de ella el balanceo de la lámpara, mientras cantaba el grillo.

– No saben.

– ¿Que has sido tú?

– Eso, lo saben: no tiene importancia.

Calló de nuevo. Gisors se guardaba de volver a preguntar.

Chen prosiguió, al fin.

– … Que es la primera vez.

Gisors experimentó, de pronto, la impresión de comprender. Chen lo notó.

– No. Usted no comprende.

Hablaba el francés con una acentuación de garganta sobre las palabras de una sola sílaba nasal, cuya mezcla con ciertos idiotismos que había aprendido de Kyo sorprendía. Su brazo derecho, instintivamente, había caído a lo largo de la cadera: sentía de nuevo el cuerpo herido que el colchón elástico rechazaba contra el cuchillo. Aquello no significaba nada. Se encontraba dispuesto a repetirlo. Pero, sin embargo, anhelaba un refugio. Aquella afección profunda, que no tenía necesidad de explicar nada, Gisors no la atribuía más que a Kyo. Chen lo sabía. ¿Cómo explicarse?

– Usted nunca ha matado a nadie, ¿verdad?

– Demasiado lo sabes.

Aquello le parecía evidente a Chen; pero, a la sazón, desconfiaba de tales evidencias. Sin embargo, le pareció, de pronto, que algo le faltaba a Gisors. Alzó los ojos. Aquél le contemplaba de arriba abajo, pareciendo más largos sus cabellos blancos a causa del movimiento de su cabeza hacia atrás, intrigado por su ausencia de ademanes. Ésta procedía de su herida, de la que Chen no le había dicho nada; no porque le doliese (un compañero enfermero se la había desinfectado y vendado), pero le molestaba. Como siempre cuando reflexionaba, Gisors daba vueltas entre sus dedos a un invisible cigarrillo.



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