– Si quieres vivir con esa… fatalidad, no hay más que un recurso: transmitirla.

– ¿Quién sería digno de ella? -preguntó Chen, también entre dientes.

El aire se hacía cada vez más pesado, como si todo lo que aquellas frases evocaban de muerte violenta estuviese allí. Gisors ya no podía decir nada: cada palabra habría tenido un sonido falso, frívolo, imbécil.

– Gracias -dijo Chen.

Se inclinó ante él, con todo el busto, a la usanza china (lo que no hacía nunca), como si prefiriese no tocarle, y salió.

Gisors volvió a sentarse y comenzó de nuevo a darle vueltas a su cigarrillo. Por primera vez, se encontraba, no frente al combate, sino ante la sangre. Y, como siempre, pensaba en Kyo. Kyo habría encontrado irrespirable aquel universo en que se movía Chen… ¿Estaba muy seguro de ello? Chen también detestaba la caza; Chen también tenía horror a la sangre -antes-. En esa profundidad, ¿qué sabía él de su hijo? Cuando su amor no podía desempeñar ningún papel; cuando no podía referirse a muchos recuerdos, sabía muy bien que dejaba de conocer a Kyo. Un intenso deseo de volver a verle le invadió -el que se siente por volver a ver a los familiares muertos-. Sabía que se había ido.

¿Adónde? La presencia de Chen animaba aún la habitación. Aquél se había arrojado en el mundo del crimen, y ya no saldría de él: con su encarnizamiento, entraba en la vida terrorista como en una cárcel. Antes de diez años, a lo sumo, sería apresado y torturado o muerto; hasta entonces, viviría como un obseso decidido, en el mundo de la decisión y de la muerte. Sus ideas le hacían vivir; ahora, iban a matarle.

Y precisamente por eso era por lo que Gisors sufría. Que Kyo impulsara a matar, estaba en su papel. Y si no, poco importaba: lo que hacía Kyo estaba bien hecho.



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