
¿A Chen lo conocía? Apenas creía que los recuerdos permitiesen comprender a los hombres. Conocía la primera educación de Chen, que había sido religiosa; cuando había comenzado a interesarse por aquel adolescente huérfano -los padres habían muerto en el saqueo de Kalgan-, silenciosamente insolente. Chen procedía del colegio tísico, llegado tarde al pastorado, que se esforzaba con paciencia, a los cincuenta años, por vencer, mediante la caridad, una inquietud religiosa intensa. Obsesionado por la vergüenza del cuerpo, que atormentaba a san Agustín; del cuerpo caído en el cual hay que vivir con el Cristo -por el horror de la civilización ritual de la China que le rodeaba y le hacía más imperiosa aún la llamada de la verdadera vida religiosa-, aquel pastor había elaborado con su angustia la imagen de Lutero, del que a veces hablaba a Gisors: «No hay vida más que en Dios; porque el hombre, a causa del pecado, ha caído hasta tal punto; se ha manchado tan irremediablemente, que llegar hasta Dios es una especie de sacrilegio. De aquí el Cristo; de aquí su crucifixión eterna.» Quedaba la Gracia, es decir, el amor ilimitado o el terror, según la fuerza o la debilidad de la esperanza; y este terror era un nuevo pecado. Quedaba también la caridad; pero la caridad no siempre basta para agotar la angustia.
El pastor había tomado cariño a Chen. No sospechaba que el tío de éste, que se había encargado de él, sólo lo había enviado con los misioneros para que aprendiese el inglés y el francés, y le había puesto en guardia contra su enseñanza, contra la idea del infierno, sobre todo, de que desconfiaba aquel confucionista.
