Cuando enseñaba a sus estudiantes, casi todos modestos burgueses, que estaban obligados a unirse a los jefes militares o al proletariado; cuando decía a aquellos a quienes había elegido: «El marxismo no es una doctrina; es una voluntad; es, para el proletariado y los suyos, vosotros, la voluntad de conocerse, de sentirse como tales, de vencer como tales; no debéis ser marxistas para tener razón, sino para vencer sin traicionaros», hablaba para Kyo, lo defendía. Y, si sabía que no era el alma rigurosa de Kyo la que le respondía, cuando al final del curso encontraba, según la costumbre china, su habitación abarrotada de flores blancas por los estudiantes, al menos sabía que aquellas manos que se preparaban para matar, al llevarle unas camelias, estrecharían mañana las de su hijo, que tendría necesidad de ellas. Porque la fuerza del carácter le atraía hasta aquel punto, se había interesado por Chen. Pero, cuando se amistó con él, ¿previo aquella noche lluviosa en la que el joven, hablando de la sangre apenas coagulada, iría a decirle: «No tengo solamente horror…»?

Se levantó, abrió el cajón de la mesa baja donde guardaba su platillo de opio, encima de una colección de pequeños cactos. Debajo del platillo, una foto: Kyo. La sacó, la contempló, sin pensar en nada preciso, sumido ásperamente en la certidumbre de que, allí, donde estaba, nadie conocía ya a nadie, y de que la presencia del mismo Kyo, que tanto había anhelado hacía poco, no habría cambiado nada; sólo habría tornado más desesperada su separación, como la de los amigos a quienes se abraza en sueños y que murieron hace años. Contemplaba la foto entre sus dedos: estaba tibia, como una mano. La dejó caer de nuevo dentro del cajón, sacó el platillo, apagó la luz eléctrica y encendió la lámpara.

Dos pipas. En otro tiempo, cuando su avidez comenzaba a saciarse, miraba a los seres con benevolencia y consideraba al mundo como una infinidad de posibilidades.



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