Daba un sentido a su soledad. En cambio, en Kyo todo era más simple. El sentido heroico le había dado como una disciplina, no como una justificación de la vida. No era inquieto. Su vida tenía un sentido, y él lo conocía: poner a cada uno de aquellos hombres, a quienes el hambre, en aquel mismo momento, hacía morir como una peste lenta, en posesión de su propia dignidad. Él era uno de ellos: tenían los mismos enemigos. Mestizo, fuera de casta, desdeñado por los blancos, y más aún por las blancas, Kyo no había intentado seducirlas: había buscado a los suyos, y los había encontrado. «No hay dignidad posible ni vida real para un hombre que trabaja doce horas al día, sin saber para qué trabaja.» Era preciso que aquel trabajo adquiriese un sentido, se convirtiese en una patria. Las cuestiones individuales no existían para Kyo más que en su vida privada.

Todo esto Gisors lo sabía. «Y, sin embargo, si Kyo entrase y me dijese, como Chen hace poco: “yo he sido quien ha matado a Tang-Yen-Ta”; si lo dijese, yo pensaría que “ya lo sabía”. Todo cuanto hay de posible en él resuena en mí con tanta fuerza, que cualquier cosa que me dijese, yo pensaría que “ya lo sabía… ”» Contempló por la ventana la noche inmóvil e indiferente. «Pero, si verdaderamente lo supiera, y no de esta manera incierta y pavorosa, lo salvaría…» Dolorosa afirmación, en la que él no creía, en absoluto. ¿Qué confianza tenía en su pensamiento?

Desde la partida de Kyo, no había servido más que para justificar la acción de su hijo, aquella acción entonces íntima, que comenzaba en cualquier parte (con frecuencia, durante tres meses, no sabía siquiera dónde), en la China central o en las provincias del Sur. Si los estudiantes, inquietos, comprendían que aquella inteligencia acudía en su ayuda con tanto calor y con tanta penetración, no era, como creían entonces los idiotas de Pekín, porque se distrajese en jugar con la procuración de las vidas, de las que le separaba su edad; era porque, en todos aquellos dramas semejantes, encontraba el de su hijo.



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