
Estaban en un rincón de su despacho, apartados de la mesa: dos nuevos amigos charlando en sillas de lona hundidas. Cerca, en la falsa chimenea, ardían falsos troncos.
– No es mal sitio -dijo Boyette-. Mejor que la cárcel, eso seguro.
Era un hombre frágil, con la piel blanquecina de quienes tienen que vivir en lugares sin luz. Sus rodillas huesudas se tocaban, y entre ellas descansaba el bastón negro.
– ¿Y en qué cárcel ha estado? -Keith tenía en sus manos un tazón de té muy caliente.
– En varias. Los últimos seis años en Lansing.
– ¿Por qué lo condenaron? -preguntó el pastor, ansioso por saber los delitos para conocer mucho mejor al hombre.
¿Violencia? ¿Drogas? Probablemente. Claro que Travis también podía ser culpable de malversación o de evasión fiscal… En todo caso, no parecía de esos que hacen daño a los demás.
– Muchas cosas malas, pastor. No me acuerdo de todas.
Prefería evitar el contacto visual. Su atención se centraba en la alfombra. Keith bebía el té a sorbitos, observando atentamente a su invitado, hasta que reparó en el tic. Cada pocos segundos, Boyette torcía un poco la cabeza hacia la izquierda. Era como un gesto rápido de asentimiento, seguido por una sacudida correctora más radical que la ponía de nuevo en su sitio.
– ¿De qué quiere que hablemos, Travis? -dijo Keith tras un momento de silencio absoluto.
– Tengo un tumor cerebral, pastor; maligno, mortal y básicamente incurable. Si tuviera dinero podría combatirlo (radio, quimio, lo típico), y ganar diez meses o un año, pero es un glioblastoma de grado cuatro, o sea que soy hombre muerto. Medio año, un año… La verdad es que da lo mismo. Dentro de unos meses ya no existiré.
Justo entonces, oportunamente, el tumor dio señales de vida: Boyette hizo una mueca, se inclinó y empezó a frotarse las sienes. Su respiración era difícil y pesada. Parecía que le dolía todo el cuerpo.
