
– Lo siento mucho -dijo Keith, muy consciente de la futilidad de sus palabras.
– Malditos dolores de cabeza -farfulló Boyette sin dejar de apretar los párpados.
Luchó unos minutos contra el dolor, sin que ninguno de los dos dijera nada. Keith lo miró, impotente, mordiéndose la lengua para no soltar ninguna tontería como «¿Le traigo un Tylenol?». Luego el dolor menguó, y Boyette se relajó.
– Perdone -dijo.
– ¿Cuándo se lo diagnosticaron? -preguntó Keith.
– No sé, hace un mes. Me empezó a doler la cabeza en Lansing, en verano. Ya se imaginará la calidad de la asistencia sanitaria… Total, que no me hicieron nada. Después de soltarme y de mandarme aquí, me llevaron al hospital St. Francis, me hicieron pruebas y escáneres y me encontraron un señor huevecito en medio de la cabeza, justo entre las orejas, a demasiada profundidad para operarlo.
Respiró hondo, espiró y consiguió sonreír por primera vez. Le faltaba un diente en la parte superior izquierda. El hueco se notaba mucho. Keith sospechó que en la cárcel los cuidados dentales dejaban mucho que desear.
– Supongo que ya habrá visto a gente como yo -dijo Boyette-, gente que va a morir.
– De vez en cuando. Son gajes del oficio.
– Y supongo que tienden a tomarse muy en serio a Dios, el cielo, el infierno y todo eso.
– La verdad es que sí, mucho. Es la condición humana. Cuando nos vemos frente a frente con nuestra mortalidad, pensamos en el más allá. ¿Y usted, Travis? ¿Cree en Dios?
– Algunos días sí, y otros no; pero soy bastante escéptico, incluso cuando creo. En su caso es fácil creer en Dios, porque ha tenido una vida fácil. Lo mío ya es otra historia.
– ¿Quiere contarme su historia?
– La verdad es que no.
– Entonces, ¿para qué ha venido, Travis?
