
Unos meses después de publicar mi primer y pequeño volumen, durante una cena con unas personas, estaba yo hablando de un criminal especialmente malvado al que pretendía llevar ante la justicia. Un joven galán al que no había visto en mi vida se volvió hacia mí y dijo que ese individuo debía andarse con ojo, no fuera que tuviese el mismo fin que Walter Yate. Y en ese momento me dedicó una sonrisa afectada, como si él y yo compartiéramos algún secreto.
Mi sorpresa fue tal que no dije nada. No había vuelto a pensar en Walter Yate desde hacía tiempo, ni sabía que su nombre siguiera siendo conocido después de tantos años. Pero según descubrí, aunque yo no había pensado más en aquel pobre tipo, otros sí lo habían hecho. No pasaron ni quince días cuando otro hombre, también desconocido, hizo un comentario sobre cierta dificultad que yo tenía y me aconsejó que manejara aquel asunto igual que hice con Walter Yate. Cuando dijo ese nombre me dirigió un gesto malicioso y un guiño, como si, por haber pronunciado aquella contraseña, él y yo estuviéramos unidos en alguna conspiración.
No me ofende que estos hombres hayan decidido referirse a incidentes de mi pasado. Sin embargo, me deja perplejo que se crean con derecho a hablar de algo que no entienden. No acierto a expresar el desconcierto que me produce que dichas personas, creyendo lo que creen sobre aquel suceso, me lo mencionen, y con algo más que una simple nota de humor. ¿Acaso va uno a un espectáculo de circo y se pone a bromear con los tigres sobre sus colmillos?
Por tanto, he decidido escribir otro volumen de memorias, aunque solo sea para rectificar la idea que se ha hecho la gente en relación a este capítulo de mi vida. No deseo volver a oír el nombre de Walter Yate en tono malicioso y confidencial. Este hombre, que yo sepa, no hizo nada para merecer que lo conviertan en objeto de risa.
