

Allan Folsom
La conspiración Maquiavelo
Para Karen y Riley
1
Washington DC
Hospital Universitario George Washington
Unidad de cuidados intensivos, 22.10 h
Ellento bombeo del corazón de Nicholas Marten sonaba como un tambor oculto en algún rincón de su interior. Su propia respiración, al inhalar y exhalar, resonaba como si se tratara de la banda sonora de una película. Lo mismo que el sonido de la respiración dificultosa de Caroline, tumbada en la cama junto a él.
Por la que debía de ser la décima vez en pocos minutos, la miró. La mujer tenía los ojos cerrados, como antes, y su mano descansaba delicadamente en la de él. A juzgar por la escasa vida que había en ella, bien podía haberse tratado de un guante, sin más.
¿Cuánto tiempo llevaba en Washington? ¿Dos días? ¿Tres? Había volado desde Manchester, Inglaterra, donde tenía su hogar, casi inmediatamente después de la llamada de Caroline pidiéndole que fuera. En el minuto en que oyó su voz supo que algo terrible había ocurrido: era una voz llena de pavor, miedo e indefensión. Enseguida le explicó de qué se trataba: sufría una infección muy agresiva de estafilococos contra la cual no había tratamiento, y le habían pronosticado unos pocos días de vida.
Con todo el horror y el asombro del asunto, su voz todavía transmitía algo más. Rabia. Le habían hecho algo, le dijo, susurrando de pronto como si temiera que alguien pudiera oírla. Fuera lo que fuese lo que los médicos hubieran dicho o fueran a decir, ella estaba convencida de que la infección que la estaba matando había sido provocada por unas bacterias que le habían inoculado deliberadamente. En aquel momento, a juzgar por los ruidos que se oyeron de fondo, alguien entró en la habitación. La mujer acabó la conversación bruscamente con la súplica urgente de que fuera a verla a Washington y luego colgó el teléfono.
