El no supo qué pensar. Lo único que sabía era que Caroline estaba terriblemente asustada y que su situación era todavía peor debido a las recientes muertes de su marido y de su hijo de doce años, cuando el avión privado en el que viajaban ambos se estrelló frente a las costas de California. Teniendo en cuenta el desgaste físico y emocional que esos trágicos acontecimientos le habrían ocasionado, y sin disponer de más información, a Marten le resultó imposible saber si había alguna base en las sospechas de Caroline. De todos modos, la realidad era que ella estaba gravemente enferma y le reclamaba a su lado. Y por todo lo que había percibido en su voz, supo que lo mejor era que fuera a verla lo antes posible.

Y lo hizo. El mismo día voló desde Manchester, en el norte de Inglaterra, a Londres, y de allí a Washington DC. En el aeropuerto Dulles International tomó un taxi directamente al hospital y luego reservó habitación en un hotel cercano. El hecho de que Caroline supiera su verdadera identidad y el riesgo que le había hecho correr al pedirle que regresara a Estados Unidos no salió en la conversación. No fue necesario. Jamás se lo habría pedido si algo terrible no estuviera pasando. De modo que regresó apresuradamente al país que cuatro años antes había abandonado temiendo por su vida y la de su hermana. Regresó -después de tanto tiempo y de los distintos rumbos que sus vidas habían tomado- porque Caroline había sido y seguía siendo su único amor verdadero. La amaba más que a cualquier otra mujer que jamás hubiera conocido y de una manera que le resultaba imposible de racionalizar. Sabía también que, aunque hubiera estado felizmente casada durante mucho tiempo, de alguna manera no verbalizada, incluso profunda, ella sentía lo mismo por él.



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