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Al cabo de treinta minutos, con la cabeza gacha para protegerse del mundo, apenas consciente de en qué dirección andaba, Nicholas Marten recorría las calles casi desiertas de la ciudad un domingo por la noche.
Trataba de no pensar en Caroline. Trataba de no reconocer el dolor que le decía que ya no existía. Trataba de no pensar que hacía sólo un poco más de tres semanas que ella había perdido a su marido y a su hijo. Trató de alejar de su mente la idea de que tal vez le hubieran administrado intencionadamente algo que le provocó la fatal infección.
«Me han hecho algo.» Su voz le retumbó de pronto en la cabeza como si acabara de oírla. Resonaba con la misma fuerza y vulnerabilidad y rabia que lo había hecho cuando lo llamó a Inglaterra.
«Me han hecho algo.» Las palabras de Caroline surgieron de nuevo, intentando alcanzarle todavía, tratando de persuadirle sin ninguna duda de que no se había puesto simplemente enferma, sino que la habían asesinado.
Lo que era aquel «algo», o al menos lo que ella creía que era, y cómo había empezado, se lo contó durante el primero de los dos únicos momentos lúcidos que había tenido desde su llegada.
Ocurrió durante el doble funeral de su marido, Mike Parsons, un respetado miembro del Congreso originario de California, de cuarenta y dos años, que estaba en su segunda legislatura, y de su hijo, Charlie. Convencida de contar con la suficiente fortaleza para aguantar hasta el final, había invitado a numerosos amigos a su casa para que la acompañaran a celebrar las vidas de sus dos seres más queridos. Pero la conmoción del momento, unida a la casi insoportable presión que significaba el funeral y a la aglomeración de gentes bienintencionadas, acabaron por superarla y la llevaron a hundirse. Se retiró en medio de un mar de lágrimas y al borde de la histeria y se encerró en su habitación, mientras le gritaba a la gente que se marchara y se negaba siquiera a abrir la puerta.
