Marten levantó la mirada bruscamente cuando la puerta de la habitación se abrió de par en par. Una enfermera robusta entró seguida de dos hombres vestidos con traje oscuro. El primero era ancho de espaldas, de cuarenta y pocos años, y tenía el pelo oscuro y rizado.

– Tendrá que marcharse, por favor, señor -le dijo, respetuosamente.

– El presidente viene hacia aquí -dijo la enfermera de manera cortante, con una actitud brusca y autoritaria que hacía pensar que de pronto se había erigido en comandante de los hombres trajeados. Como un auténtico miembro del Servicio Secreto.

En aquel mismo instante, Marten sintió que la mano de Caroline apretaba la suya. Bajó la vista y vio que tenía los ojos abiertos. Estaban bien abiertos, con la mirada clara, y se posaron en los suyos de la misma manera en que lo hicieron la primera vez que se encontraron, en el instituto, cuando ambos tenían dieciséis años.

– Te quiero -le susurró.

– Yo también te quiero -respondió él, con el mismo susurro.

Caroline lo siguió mirando medio segundo más, luego cerró los ojos y su mano se relajó.

– Por favor, señor, tiene que marcharse ahora -dijo el primer tipo de traje.

En aquel mismo instante, un hombre alto, delgado, de pelo gris y con un traje azul marino cruzó el umbral de la habitación. No había duda de quién era: John Henry Harris, el presidente de Estados Unidos.

Marten le miró directamente.

– Por favor -dijo, a media voz-, permítanme quedarme un momento a solas con ella… Acaba de… -la palabra se le quedó trabada en la garganta- morir.

La mirada de los hombres permaneció en suspenso durante un brevísimo instante.

– Por supuesto -dijo el presidente, con tono sereno y reverente.

Luego, haciéndoles un gesto a sus guardaespaldas del Servicio Secreto, se volvió y salió de la habitación.



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