
«Los ca…» Sobre qué había empezado a decir cuando le pidió que se explicara mejor, y a quién se refería cuando hablaba de su asesinato, Marten no tenía ni idea.
La segunda parte del mensaje de Caroline llegó a través de los balbuceos que pronunció durante el sueño. La mayor parte habían sido palabras cotidianas, como el nombre de su marido, Mike, o su hijo Charlie, o su hermana Katy, o mensajes como «Charlie, por favor, baja la tele» o «el martes tienes clase». Pero también dijo otras cosas. Parecían ir dirigidas a su marido y estaban llenas de alarma o miedo o ambas cosas a la vez: «Mike, ¿qué ocurre», «estás asustado, lo noto», «¿por qué no me dices lo que está pasando?», «son los otros, ¿no?». Y lo último, una exclamación asustada y repentina: «El hombre del pelo blanco no me gusta».
Esa última parte la conocía porque formaba parte de la historia que Caroline le había contado cuando lo llamó a Manchester y le pidió que fuera.
– Empecé a tener fiebre al día siguiente de despertarme en la clínica -le dijo-. Empeoré y me hicieron pruebas. Vino un hombre con el pelo blanco y me dijeron que era un especialista, pero a mí no me gustaba. Todo en él me daba miedo: la manera de mirarme, la manera de tocarme la cara y las piernas con sus dedos largos y asquerosos, y aquel horrible pulgar con su diminuta cruz de bolas. Le pregunté por qué estaba allí y lo que hacía, pero nunca me contestó. Más tarde me descubrieron la infección de algún tipo de estafilococos en el hueso de la pierna derecha e intentaron tratarme con antibióticos, pero no me hicieron efecto. Nada me ha hecho efecto.
