
El guía de Arren en la Escuela era un muchacho fornido cuya capa, sujeta en el cuello por un alfiler de plata, indicaba que habiendo cumplido el noviciado era ya un hechicero hecho y derecho, que estudiaba ahora para obtener la vara. Se llamaba Albur. «Porque —explicó— mis padres tenían seis hijas, y el séptimo hijo, decía mi padre, fue un albur contra el Destino.» Era un compañero agradable, vivaz de mente y de lengua. En otras circunstancias, Arren habría disfrutado de su humor chispeante, pero ahora estaba demasiado preocupado. A decir verdad, no le prestaba mucha atención. Y Albur, con el natural deseo de que lo tuvieran en cuenta, empezó a sacar provecho de la distracción de su huésped. Le contó cosas extrañas y luego mentiras no menos extrañas a propósito de la Escuela, y a todo ello Arren respondía: «Oh, sí» o «Ya veo», tanto que Albur lo tomó por un verdadero idiota.
—Por supuesto, no se cocina aquí, en la Escuela —le dijo, cuando pasaban delante de las grandes cocinas de piedra en plena actividad con el centelleo de los calderos de cobre y el triquitraque de las cuchillas de picar y el olor a cebollas que escocía en los ojos—. Todo esto es pura apariencia. Venimos al refectorio, y cada cual hace aparecer por encantamiento lo que tiene ganas de comer. Además, así se ahorra el lavado de los platos.
—Sí, ya veo —dijo Arren, cumplidamente.
