
Pero Arren lo miraba con simpatía y pensaba: «Él sentiría por ese rey lo mismo que siento yo ahora por el Archimago». En voz alta, dijo: —Un rey necesitaría tener siempre cerca a hombres como tú.
Permanecieron un rato en silencio, pensativos, pero juntos, hasta que un gong resonó en la Casa Grande detrás de ellos.
—¡Al fin! —dijo Albur—. Lentejas y sopa de cebollas esta noche. Ven.
—Me pareció oírte decir que no se cocinaba aquí, en la Escuela —le dijo Arren, siempre soñador, siguiéndolo.
—Oh, algunas veces… por error…
Ninguna magia había intervenido en aquella comida, muy sustanciosa por cierto. Después de la cena, salieron a caminar por los prados en el suave azul del crepúsculo. —Éste es el Collado de Roke —dijo Albur mientras empezaban a subir por una colina redondeada. La hierba húmeda de rocío les rozaba las piernas, y abajo, en el pantanoso Riacho de Zuil, un coro de sapos pequeños daba la bienvenida a los primeros calores y a las más cortas noches estrelladas.
Había un misterio en ese suelo. Albur dijo en voz baja: —Esta colina fue la primera que emergió de los mares, cuando se pronunció la Primera Palabra.
—Y será la última en sumergirse, cuando todas las cosas sean deshechas —dijo Arren.
—Por lo tanto, un lugar seguro para estar —dijo Albur, luchando contra el miedo; pero al instante gritó, sobrecogido—: ¡Mira! ¡El Boscaje!
Al sur del Collado un gran halo de luz iluminaba la tierra, como si estuviese saliendo la luna, pero la delgada luna nueva ya se ponía en el oeste, del otro lado de la cresta de la colina; y había un aleteo en este resplandor, como hojas que se movían en el viento.
—¿Qué es eso?
—Viene del Bosque… los Maestros han de estar allí. Dicen que así brilló, como un claro de luna, cuando se reunieron hace cinco años, para elegir al Archimago. Pero ¿por qué se habrán reunido ahora? ¿Serán las noticias que tú has traído?
