
Albur hablaba con sincero interés, dejando de lado todas las bufonadas, y terminó por atraer la atención de Arren. —Enlad es un país rico y pacífico —dijo lentamente—. Nunca se ha inmiscuido en esas rivalidades. Nos llegan noticias de los conflictos en otras comarcas. Pero no ha habido un rey en el trono de Havnor desde la muerte de Maharion, ochocientos años atrás. ¿Aceptarían los países un nuevo rey?
—Si trajera paz y fuerza; si Roke y Havnor lo reconociesen.
—Y hay una profecía que aún ha de cumplirse, ¿no es verdad? Maharion predijo que el próximo rey sería un mago.
—El Maestro de Cantos, un havnoriano, interesado en el asunto, desde hace tres años nos repite a cada rato las palabras de Maharion: Heredará mi reino aquel que haya cruzado en vida el país de las tinieblas y llegue hasta las costas más lejanas del día.
—Un mago, por lo tanto.
—Sí, puesto que sólo un hechicero o un mago podría cruzar el tenebroso país de los muertos y luego regresar. Aunque en verdad no lo cruzan. Al menos, siempre hablan de esa comarca como si tuviese una sola frontera, y más allá se extendiesen las tierras sin fin. ¿Qué son, entonces, las costas más lejanas del día? Pero eso dice la profecía del último Rey, y por lo tanto, alguien tendrá que nacer un día y darle cumplimiento. Y Roke lo reconocerá, y las naciones y las flotas y los ejércitos se unirán todos a él. Entonces habrá de nuevo majestad en el centro del mundo, en la Torre de los Reyes de Havnor. Yo iría a ponerme a las órdenes de alguien así, yo serviría a un verdadero rey de todo corazón y con toda mi arte —dijo Albur, y en seguida se echó a reír y se encogió de hombros para que Arren no pensara que había hablado con demasiada emoción.
