El hombre avanzó hacia el muchacho. Un viento sacudió al serbal y estremeció las hojas recién abiertas. El muchacho se levantó de un salto, ágil y azorado. Enfrentó al hombre y se inclinó ante él.

—Mi Señor Archimago —dijo.

El hombre se detuvo; un hombre bajo, enhiesto y vigoroso, envuelto en un albornoz de lana blanca. Sobre los pliegues de la capucha caída, el rostro era atezado y rojizo, de nariz aguileña, con una mejilla marcada por negras cicatrices. Los ojos eran brillantes y fieros. Sin embargo, habló con dulzura.

—Es un sitio agradable para el reposo, el Patio del Manantial —dijo, y añadió anticipándose a las excusas del muchacho—: Has hecho un largo viaje y no has descansado. Vuelve a sentarte.

Se arrodilló en el borde de la fuente y tendió la mano hacia el collar de gotas centelleantes que caían de la pila superior, dejando que el agua le corriera entre los dedos. El muchacho volvió a sentarse sobre las losas combadas y por un momento ninguno de los dos habló.

—Eres el hijo del Príncipe de Enlad y las Enlades —dijo el Archimago—, el heredero del Principado de Morred. No hay en toda Terramar heredad más antigua, y ninguna tan hermosa. Yo he visto los huertos de Enlad en la primavera, y los tejados de oro de Berila… ¿Cómo te llamas?

—Me llaman Arren.

—Probablemente una palabra en el dialecto de tu país. ¿Qué significa en nuestra lengua común?

—Espada —respondió el muchacho.

El Archimago asintió con un gesto. Hubo un nuevo silencio, y al cabo el muchacho dijo, sin insolencia pero sin timidez: —Yo pensaba que el Archimago conocería todas las lenguas.

El hombre, los ojos fijos en el manantial, sacudió la cabeza.

—Y todos los nombres…

—¿Todos los nombres? Sólo Segoy, que fue quien pronunció la Primera Palabra al levantar las islas desde los abismos de los mares, conocía todos los nombres. Si bien es cierto —y la mirada brillante y feroz se posó en el rostro de Arren— que si yo necesitase conocer tu nombre verdadero, lo averiguaría. Mas no es en modo alguno necesario. Arren te llamaré; y yo soy Gavilán. Cuéntame ahora cómo fue la travesía.



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