—Demasiado larga.

—¿Soplaron adversos los vientos?

—Los vientos soplaron propicios, pero adversas son las noticias que traigo, señor Gavilán.

—Cuéntalas, pues —dijo el Archimago con voz grave, pero como quien cede a la impaciencia de un niño; y mientras Arren hablaba, miró otra vez el cristalino collar de gotas de agua que caían de la pila superior a la inferior, no como si no escuchase, sino como si oyera algo más que las palabras del muchacho.

—Sabéis, mi señor, que el príncipe mi padre es hombre de Magia, por descender del linaje de Morred, y por haber pasado un año en Roke, en su juventud. Posee conocimientos y cierto poder, aunque rara vez emplea sus artes, consagrado como está al gobierno y al buen orden del reino, y a la administración de las ciudades, y a los asuntos del comercio. Las flotas que de nuestra isla parten hacia el oeste, llegando incluso al Confín de Poniente, trafican con zafiros, pieles de buey y estaño. A principios de este invierno un capitán llamado Berila regresó a nuestra ciudad, trayendo una historia que llegó a oídos de mi padre, y mi padre mandó llamar al hombre, que le contó la historia. —El muchacho hablaba con soltura y aplomo. Criado entre cortesanos, no tenía la timidez de los jóvenes—. El capitán dijo que en la isla de Narveduen, quinientas millas al oeste por las rutas de navegación, no había más magia. Que los sortilegios no tenían ya ningún poder, que las palabras mágicas habían sido olvidadas. Mi padre le preguntó si acaso todos los magos y hechiceros habían abandonado la isla, y él respondió que no, que había algunos que antaño practicaban las artes, pero que ya no echaban sortilegios, ni siquiera los que sirven para componer una caldera o encontrar una aguja perdida.



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