
Gavilán el Archimago estaba sentado a la cabecera de la mesa, y parecía escuchar, aunque alrededor de él había un silencio, y nadie le hablaba. Nadie le hablaba a Arren tampoco, de modo que tuvo tiempo para recuperarse. A su izquierda estaba el Portero, y a su derecha un hombre de cabellos grises y aire bondadoso, que al fin le dijo: —Somos compatriotas, Príncipe Arren. Yo nací al este de Enlad, cerca del Bosque de Aol.
—Yo he cazado en ese bosque —le respondió Arren, y durante un rato conversaron de los bosques y burgos de la Isla de los Mitos, y los recuerdos de la tierra natal reconfortaron a Arren.
Cuando la comida hubo terminado, se reunieron una vez más delante del hogar, algunos sentados y otros de pie, y hubo un corto silencio.
—Anoche —dijo el Archimago— celebramos consejo. Hablamos largamente, y nada resolvimos. Quisiera oíros decir ahora, a la luz de la mañana, si mantenéis o desdecís vuestro juicio de la noche.
—Que nada hayamos resuelto —dijo el Maestro de Hierbas, un hombre fornido, de tez oscura y ojos calmos— es en sí mismo un juicio. En el Boscaje se encuentran las formas; pero nosotros no encontramos nada, excepto contradicciones.
—Sólo porque no hemos podido ver con claridad la forma —dijo el mago de Enlad de cabellos grises, el Maestro de Transformaciones—. No sabemos bastante. Rumores de Wathort; noticias de Enlad. Extrañas nuevas, y habría que estudiarlas con detenimiento. Pero despertar un temor tan infundado es improcedente. Nuestro poder no se ve amenazado porque algunos pocos hechiceros hayan olvidado cómo echar sortilegios.
—Eso mismo opino yo —dijo un hombre enjuto, de ojos penetrantes, el Maestro de Vientos—. ¿No conservamos todos nuestros poderes? ¿No crecen y se cubren de hojas los árboles del Boscaje? ¿No obedecen a nuestras palabras las tempestades del cielo? ¿Quién puede temer por el arte de la magia, que es la más antigua de las artes del hombre?
