—Ningún hombre —dijo el Maestro de Invocaciones, alto y joven, de voz grave, y con un rostro cetrino y noble—, ningún hombre, ningún poder puede impedir la acción de la magia, ni silenciar las palabras de poder. Porque son las palabras que hicieron el mundo, y quien fuera capaz de silenciarlas podría deshacer el mundo.

—Sí, y quien fuera capaz de semejante cosa no estaría en Wathort ni en Narveduen —dijo el Transformador—. Estaría aquí, a las puertas de Roke, ¡y el fin del mundo estaría próximo! ¡No hemos llegado a ese trance, todavía!

—Sin embargo, algo anda mal —dijo otro, y todos lo miraron: ancho de pecho, sólido como un casco de roble, estaba sentado junto al fuego y tenía una voz clara y precisa como el tañido de una gran campana. Era el Maestro de Cantos—. ¿Dónde está el rey que tendría que estar en Havnor? El corazón del mundo no es Roke. Es esa torre donde está puesta la espada de Erreth-Akbé, y que guarda en su recinto el trono de Serriadh, de Akambar, de Maharion. ¡Ochocientos años ha estado vacío el corazón del mundo! Tenemos la corona, pero no un rey que la ciña. Tenemos la Runa Perdida, la Runa de los Reyes, la Runa de la Paz, recobrada para nosotros, ¿pero tenemos paz? Que haya un rey en el trono, y habrá paz, y los hechiceros practicarán sus artes con mentes tranquilas aun en los últimos Confines, y habrá orden, y un tiempo para cada cosa.

—Es verdad —dijo el Maestro Malabar, un hombre delgado y vivaz, modesto de porte pero de ojos claros y penetrantes—. Yo estoy contigo, Cantor. ¿Qué puede haber de extraño en que la hechicería se extravíe, cuando todo se extravía? Si la majada entera anda descarriada, ¿se quedará nuestra oveja negra en el aprisco?

El Portero se rió, pero no dijo nada.

—A todos os parece, entonces —dijo el Archimago—, que no hay nada demasiado grave; o que si lo hay, consiste en esto: que nada gobierna nuestros países, o que están mal gobernados, y que por esa causa se descuidan las artes y los talentos de los hombres.



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