Hasta aquí, estoy de acuerdo. Es cierto que por estar el Sur prácticamente perdido para el comercio pacífico, tenemos que depender de rumores; ¿y quién puede decir con alguna certeza lo que acontece en el Confín de Poniente, fuera de estas noticias llegadas a Narveduen? Si los navíos partieran y regresaran a buen puerto como antaño, si hubiese entre nuestros países de Terramar una verdadera unión, podríamos saber cómo están las cosas en las regiones remotas, y actuar en consecuencia. ¡Y yo creo que tendríamos que actuar! Porque, señores míos, cuando el Príncipe de Enlad nos dice que pronunció las palabras de la Creación para un sortilegio, sin saber qué significado tenían; cuando el Maestro de Formas dice que hay miedo en las raíces, y no quiere decir nada más: ¿tan infundada es nuestra preocupación? Al principio una tempestad es sólo una pequeña nube en el horizonte.

—Tú tienes un don para los presentimientos sombríos, Gavilán —dijo el Portero—. Siempre lo has tenido. Dinos lo que según tú anda mal.

—No sé. Hay un debilitamiento de poder. Hay una falta de resolución. Hay un oscurecimiento del sol. Tengo la impresión, señores míos, tengo la impresión de que nosotros, sentados aquí, hablando, estamos todos mortalmente heridos, y que mientras hablamos y hablamos, la sangre fluye lenta por nuestras venas…

—Y tú querrías levantarte, y actuar.

—Sí, eso quisiera —dijo el Archimago.

—Pues bien —dijo el Portero—. ¿Pueden los búhos impedir el vuelo del halcón?

—Pero ¿a dónde irías? —preguntó el Transformador. Y el Cantor le respondió:

—¡A buscar a nuestro rey y llevarlo a su trono! —El Archimago miró con interés al Cantor, pero dijo solamente: —Iría adonde hay aflicción.

—Al sur, o quizá al oeste —dijo el Maestro de Vientos.



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