
—Cuando me envió aquí, mi padre me dijo: «Me temo que una era de oscuridad se cierne sobre el mundo, una era de peligro. De modo que te envío a ti antes que a cualquier otro mensajero, ya que tú podrás juzgar si hemos de pedir ayuda a la Isla de los Sabios en este trance, u ofrecerles a ellos la ayuda de Enlad». Así pues, si se me necesita, aquí estoy.
Notó que el Archimago sonreía al oírlo. Había una gran dulzura en aquella sonrisa, pero duró poco. —¿Lo veis? —les dijo a los siete magos—. ¿Podrían los años, o la hechicería, añadir algo a esto?
Arren sintió entonces que los siete magos lo miraban con aprobación, aunque todavía con un aire un tanto pensativo o preocupado. El Invocador tomó la palabra, y las cejas arqueadas se le juntaron en una línea recta:
—Yo no lo entiendo, mi señor. Que tú te sientas inclinado a partir, sí. Cinco años hace que estás aquí enjaulado. Pero siempre, antes, estuviste solo; siempre has partido solo. ¿Por qué acompañado ahora?
—Antes nunca necesité ayuda —dijo Gavilán, con un dejo de amenaza o de ironía en la voz—. Y he encontrado un compañero apto. —Había algo desafiante en él, y el Invocador no hizo más preguntas, aunque aún fruncía el entrecejo.
Pero la figura monumental del Maestro de Hierbas, los ojos serenos y oscuros como los de un buey sabio y paciente, se levantó de su asiento y dijo: —Ve, mi señor, y lleva al muchacho. Y toda nuestra confianza va con vosotros.
Uno a uno, los otros asintieron en silencio, y de uno en uno, o de dos en dos, se retiraron, hasta que de los siete sólo quedó el Invocador. Gavilán dijo entonces:
—No pretendo cuestionar tu decisión. Digo tan sólo: si estás en lo cierto, si hay desequilibrio y el peligro de un gran mal, un viaje a Wathort, o al Confín de Poniente, o al fin del mundo, no será suficientemente largo. Allá adonde tengas que ir, ¿puedes llevar a este compañero, y es justo para él?
