
Estaban algo alejados de Arren, y el Invocador había bajado la voz, pero el Archimago habló abiertamente: —Es justo.
—Tú no me dices todo lo que sabes —dijo el Invocador.
—Si yo supiera, hablaría. No sé nada. Adivino mucho.
—Déjame ir contigo.
—Alguien tiene que cuidar las puertas.
—El Portero las cuida…
—No sólo las puertas de Roke. Quédate aquí, y observa la salida del sol para ver si brillará, y vigila el muro de piedra para ver quiénes lo cruzan y hacia dónde vuelven el rostro. Hay una brecha, Thorion, hay una rotura, una herida, y es eso lo que voy a buscar. Si yo me pierdo, quizá la encuentres tú. Pero dame tiempo. Te pido que me esperes. —Hablaba ahora en la Antigua Lengua, en la Lengua de la Creación, aquella en que se pronuncian todos los encantamientos y de la que dependen todos los grandes actos de la magia; raras veces, sin embargo, se la emplea en la conversación, excepto entre dragones. El Invocador no arguyó ni protestó más: inclinó en silencio la alta cabeza ante el Archimago y Arren, y se marchó.
El fuego crepitaba en el hogar. No se oía ningún otro sonido. Fuera, la niebla se amontonaba contra las ventanas, mortecina e informe.
El Archimago contemplaba las llamas y parecía haber olvidado la presencia de Arren. El muchacho se mantenía a cierta distancia del hogar, sin saber si tenía que saludar o retirarse o esperar a que lo despidiesen; indeciso y un tanto atribulado, se sentía de nuevo una figura minúscula en un espacio oscuro, ilimitado, engañoso.
—Iremos ante todo a Hortburgo —dijo Gavilán, volviéndose de espaldas al fuego—. Allí confluyen todas las noticias del Confín Austral y quizá descubramos una pista. Tu navío te aguarda aún, anclado en la bahía. Habla con el capitán, para que transmita el mensaje a tu padre. Tendríamos que partir lo más pronto posible. Mañana al alba. Ve a la escalera junto a la caseta de los botes.
