—Bueno, bueno —dijo Halcón—. ¿Así que no queda nadie en Hortburgo que haga brotar fuego e las orejas, que obre alguna magia como antaño?

La mujer arrugó el entrecejo; se irguió y empezó a doblar con esmero el vellón. —Los que quieren mentiras y visiones mascan hazia —dijo—. ¡Id a hablar con ellos, si queréis! —Señaló con un movimiento de cabeza las figuras inmóviles alrededor de la plaza.

—Pero había hechiceros, aquellos que encantaban los vientos para los navegantes y echaban sortilegios de fortuna sobre los cargamentos. ¿Todos ellos han cambiado de oficio?

Mas la mujer, repentinamente furiosa, estalló en gritos estridentes: —Hay un hechicero, si queréis uno, y famoso, un mago con vara y todo… ¿lo veis allí? Ha navegado con el mismísimo Egre, levantando vientos y descubriendo galeones repletos de tesoros, eso decía él, pero todo era un engaño, y el Capitán Egre lo recompensó al fin como merecía, le cortó la mano derecha. Y vedlo allí, ahora, con la boca llena de hazia y la panza llena de aire. ¡Aire y mentiras! ¡Aire y mentiras! ¡A eso se reduce vuestra famosa magia, Capitán Chivo!

—Calma, calma, mujer —dijo Halcón, amable y firme a la vez—. Era una pregunta, nada más. —Con un revuelo de puntos rutilantes, la mujerona le volvió la ancha espalda, y Halcón echó a andar otra vez delante de Arren.

No caminaba a la ventura: iba hacia el hombre que la mujer le había señalado. Sentado en el suelo, de espaldas contra un muro, contemplaba el vacío. Aquel rostro cetrino y barbado había sido hermoso alguna vez. El muñón rugoso yacía sobre las piedras del pavimento a la luz refulgente, cálida del sol.

Detrás de ellos, entre los tenderetes, había algún alboroto, pero a Arren le era imposible apartar la mirada de aquel hombre, paralizado por una fascinación abominable. —¿Será verdad que ha sido un hechicero? —preguntó con voz muy queda.



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