—Pero aquí, en Roke…

—Aquí, en Roke, no hemos sentido nada de eso. Aquí estamos al abrigo de la tempestad, del cambio y de la mala fortuna. Demasiado al abrigo, quizás. Príncipe, ¿qué harás ahora?

—Regresaré a Enlad en cuanto pueda llevar a mi padre una respuesta clara sobre la naturaleza de este mal, y sobre su remedio.

Una vez más los ojos del Archimago escrutaron el rostro del muchacho y esta vez, a pesar de su seguridad y desenvoltura, Arren desvió la mirada. No sabía por qué, ya que no había ninguna malevolencia en la expresión de aquellos ojos sombríos. Eran imparciales, serenos, compasivos.

Todo el mundo en Enlad reverenciaba a su padre, y él era el hijo de su padre. Nadie lo había mirado jamás de esa manera, no como a Arren, Príncipe de Enlad, hijo del Príncipe Reinante, sino como a Arren a secas. No le gustaba pensar que la mirada del Archimago lo intimidaba pero no podía resistirla. Era como si ensanchara aún más el mundo de alrededor, y ahora no sólo Enlad se hundía en la insignificancia, sino también él: a los ojos del Archimago era tan sólo una figura pequeña, minúscula, en un vasto escenario de tierras circundadas por mares sobre las que se cernía la oscuridad.

Estaba sentado en el suelo, pellizcando el musgo brillante que crecía en las grietas de las losas de mármol y al fin dijo con una voz que se había vuelto grave hacía un par de años pero que ahora sonaba débil y enronquecida: —Y haré lo que vos me ordenéis.

—Es a tu padre a quien debes obediencia, no a mi.

Los ojos del Archimago seguían escrutando el rostro de Arren, y ahora el muchacho alzó la cabeza. En aquel acto de sumisión se había olvidado de sí mismo, y ahora veía al Archimago: el hechicero más insigne de toda Terramar, el hombre que había sellado para siempre el Pozo Negro de Fun-daur, el que había rescatado de las Tumbas de Atuan el Anillo de Erreth-Akbé y había levantado sobre cimientos profundos la muralla marina de Nepp; el navegante que conocía todos los mares, desde Astowell hasta Selidor; el único Señor de Dragones todavía vivo. Allí estaba, de rodillas junto a una fuente, un hombre de corta estatura y no joven por cierto, un hombre de voz serena y ojos profundos como la noche.



6 из 202