
Arren se levantó del suelo con precipitación, se arrodilló ceremoniosamente y dijo, tartamudeando: —¡Mi señor, permitidme que os sirva!
La seguridad lo había abandonado; tenía las mejillas encendidas, le temblaba la voz.
En el flanco llevaba una espada, en una vaina de cuero nuevo con figuras incrustadas en oro y grana; pero el arma misma era una espada común, con una gastada empuñadura en cruz de bronce plateado. La sacó de prisa de la vaina y ofreció la empuñadura al Archimago, como un vasallo a su príncipe.
El Archimago no extendió la mano. Miró la espada y miró a Arren. —Es tuya, no mía —dijo—. Y tú no eres el siervo de nadie.
—Pero mi padre dijo que podía quedarme en Roke hasta averiguar qué mal es éste, y adquirir tal vez alguna maestría; no creo tener ningún talento particular ni tampoco ningún poder, pero ha habido magos entre mis antepasados… Si pudiera de algún modo aprender a serviros…
—Antes que magos —dijo el Archimago—, tus antepasados fueron reyes.
Se puso de pie y con paso recio, silencioso, se acercó al muchacho, y tomándolo de la mano lo obligó a levantarse. —Te agradezco este ofrecimiento de servicio —dijo—, y aunque no lo acepte ahora, puede que lo haga, cuando hayamos celebrado consejo sobre estas cuestiones. El ofrecimiento de un espíritu generoso no ha de declinarse a la ligera. ¡Ni la espada del hijo de Morred ha de rechazarse a la ligera!… Y ahora, ve. El muchacho que te guió hasta aquí se ocupará de que comas y puedas bañarte, y descansar. Anda… —y le dio una leve palmada entre los omóplatos, una familiaridad que nadie se había tomado jamás con él, y que viniendo de cualquier otro habría agraviado al joven príncipe; pero de parte del Archimago era como un espaldarazo.
