
– ¿Qué ha pasado? -gritó-. ¿Qué coño es…?
Se golpeó contra algo. Fuerte. No había nada, pero Barbie vio que la nariz de aquel tipo se aplastaba hacia un lado y se rompía. Cayó de espaldas y luego logró sentarse con cierto esfuerzo. Miró a Barbie con ojos aturdidos e interrogantes mientras la sangre manaba de su nariz y su boca y se derramaba sobre la pechera de su camisa de trabajo. Barbie le correspondió con esa misma mirada.
JUNIOR Y ANGIE
1
Los dos niños que estaban pescando cerca del Puente de la Paz no miraron hacia arriba cuando la avioneta pasó volando por encima de ellos, pero Junior Rennie sí lo hizo. Estaba una manzana más abajo, en Prestile Street, y reconoció el sonido. Era el Seneca V de Chuck Thompson. Levantó la mirada, vio la avioneta y agachó la cabeza enseguida: la reluciente luz del sol que se filtraba entre los árboles le atravesó los ojos con un relámpago de agonía. Otro dolor de cabeza. Últimamente los padecía muy a menudo. A veces la medicación podía con ellos. Otras, sobre todo en los últimos tres o cuatro meses, no lo conseguía.
Migrañas, decía el doctor Haskell. Lo único que sabía Junior era que le dolía como si se acabara el mundo y que la luz intensa lo empeoraba, sobre todo cuando la migraña estaba incubándose. A veces pensaba en las hormigas que Frank DeLesseps y él habían achicharrado cuando eran niños. Cogían una lupa y enfocaban los rayos de sol sobre ellas mientras entraban y salían del hormiguero. El resultado era un estofado de hormigas. La diferencia era que ahora, cuando empezaba a incubar uno de sus dolores de cabeza, su cerebro era el hormiguero y sus ojos se convertían en dos lupas.
Tenía veintiún años. ¿De verdad debía resignarse a convivir con aquello hasta que cumpliera los cuarenta y cinco, que era cuando el doctor Haskell le había dicho que las migrañas a lo mejor remitían?
