
Puede. Pero esa mañana no iba a detenerlo un dolor de cabeza. Podría haberlo detenido el hecho de ver el 4Runner de Henry McCain o el Prius de LaDonna McCain en el camino de entrada; en ese caso a lo mejor habría dado media vuelta, habría vuelto a su casa, se habría tomado otro Imitrex y se habría acostado en su habitación con las persianas bajadas y un paño frío en la frente. Y quizá habría sentido que el dolor empezaba a disminuir a medida que la migraña descarrilaba, aunque probablemente no. En cuanto esas arañas negras conseguían meter una pata…
Volvió a levantar la mirada, esta vez entrecerrando los ojos para que no le molestara esa luz odiosa, pero el Seneca ya no estaba, incluso el rumor del motor (también exasperante, todos los sonidos eran exasperantes cuando se presentaba una de esas malas putas) se había desvanecido. Chuck Thompson con algún aspirante a héroe o heroína del aire. Y aunque Junior no tenía nada contra Chuck -apenas lo conocía-, de repente deseó con una ferocidad infantil que su alumno la cagara pero bien y estrellara la avioneta.
Preferiblemente en mitad del concesionario de coches usados de su padre.
Otro latigazo de dolor restalló dentro de su cabeza, pero aun así subió los peldaños de la entrada de los McCain. Había que hacerlo. Hacía ya mucho que había que hacerlo, joder. Angie merecía que le dieran una lección.
Pero con una lección pequeña vale. No pierdas el control.
Le respondió, como si la hubiera invocado, la voz de su madre. Esa voz pagada de sí misma a más no poder. Junior siempre ha sido un niño con muy mal carácter, pero ahora lo controla muchísimo más. ¿A que sí, Junior?
Bueno. Vale. Lo había conseguido. El fútbol americano le había ayudado, pero ya no tenía el fútbol. Ya ni siquiera tenía la universidad. Solo tenía migrañas. Y hacían que se sintiera como un hijoputa miserable.
No pierdas el control.
No. Pero pensaba hablar con ella con dolor de cabeza o sin él.
