
Esto es lo que tendría que haberle hecho a Dale Barbara, pensó Junior, y retrocedió unos pasos al tiempo que se apretaba las sienes palpitantes con las manos. De sus ojos brotaban lágrimas que descendían por las mejillas. Se había mordido la lengua con fuerza -la sangre se deslizaba por la barbilla y goteaba en el suelo-, pero él ni siquiera lo notó. El dolor de cabeza era demasiado intenso.
Angie estaba tirada boca abajo entre los imanes de la nevera. En el más grande ponía LO QUE HOY ENTRA POR LA BOCAMAÑANA ASOMA POR EL CULO.
Junior pensó que Angie se había desmayado, pero de repente se estremeció de pies a cabeza. Los dedos le temblaban como si estuviera preparándose para tocar algo complejo al piano. (El único instrumento que esta zorra ha tocado en su vida es la flauta de carne, pensó.) Entonces empezó a sacudir las piernas arriba y abajo, y los brazos no tardaron en hacer lo mismo. De pronto parecía que Angie intentaba alejarse de él a nado. Joder, estaba sufriendo una maldita convulsión.
– ¡Basta ya! -gritó Junior. Después, cuando la vio evacuar-: ¡Basta ya! ¡Deja de hacer eso, zorra!
Se arrodilló, puso una rodilla a cada lado de su cabeza, que se meneaba arriba y abajo. Su frente golpeaba las baldosas del suelo una y otra vez, como esos moros de mierda cuando saludan a Alá.
– ¡Basta ya! ¡Para de una puta vez!
Angie empezó a proferir un gruñido. Sonó sorprendentemente fuerte. Madre de Dios, ¿y si la oía alguien? ¿Y si lo pillaban allí? Eso no sería como explicarle a su padre por qué había dejado los estudios (algo que Junior, por el momento, todavía no había encontrado el valor de hacer). Esta vez sería peor que ver su paga mensual reducida al setenta y cinco por ciento a causa de esa maldita pelea con el cocinero, la pelea que había instigado esa zorra inútil. Esta vez, Big Jim Rennie no podría convencer al jefe Perkins y a los tocacojones del pueblo. Esta vez podía acabar…
