Tiró de ella hasta tenerla contra su cuerpo. Estaba ardiendo, como si tuviera muchísima fiebre. Angie sentía el acelerado latido de su corazón: un-dos, un-dos, huyendo.

– ¡Zorra mentirosa! -le gritó al oído, clavándole una punzada de dolor hasta lo más profundo de su cabeza.

También ella chilló, pero su propia voz le pareció tenue e intrascendente en comparación con la de él. Entonces Junior le rodeó la cintura con los brazos y ella se sintió propulsada por el vestíbulo a una velocidad frenética; tan solo los dedos de los pies rozaban la moqueta. Le cruzó por la mente algo así como el emblema del capó de un coche en plena fuga, y de pronto estaban en la cocina, inundada por la brillante luz del sol.

Junior volvió a gritar. Esta vez no de furia, sino de dolor.

5

La luz lo estaba matando, le freía los sesos, que aullaban de dolor, pero no dejó que eso lo detuviera. Ya era demasiado tarde para eso.

Corrió con ella sin aminorar el paso hacia la mesa de formica de la cocina. El mueble la golpeó en el estómago, se desplazó y chocó contra la pared. El azucarero, el salero y el pimentero salieron volando. La respiración de Angie dejó escapar un gran estertor. Asiéndola por la cintura con una mano y de las greñas mojadas con la otra, Junior la hizo girar y la lanzó contra el frigorífico. Angie se estrelló contra él con estrépito y casi todos los imanes cayeron al suelo. Estaba aturdida y pálida como la cera. Ahora, además del labio inferior le sangraba la nariz. La sangre relucía sobre su piel blanca. Junior vio que su mirada se desplazaba hacia el banco de carnicero de la encimera, lleno de cuchillos, y, cuando Angie intentó levantarse, él le clavó un rodillazo en toda la cara. Sonó un crujido sordo, como si a alguien se le hubiese caído una pieza de porcelana -una fuente, tal vez- en la habitación de al lado.



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