
La furgoneta disminuyó la marcha, él echó a andar hacia ella… y entonces el vehículo volvió a acelerar. La chica le dedicó una mirada fugaz cuando lo pasó de largo. Su rostro aún sonreía, pero había en él arrepentimiento. «Se me ha ido la olla por un momento -decía esa sonrisa-, pero la sensatez ha vuelto a imponerse.»
Barbie creyó que la conocía de algo, pero era imposible decirlo con seguridad; los domingos por la mañana el Sweetbriar era siempre una casa de locos. Sin embargo, le parecía haberla visto allí con un tipo mayor, seguramente su padre, los dos con la cara semienterrada en una sección dominical del Times. De haber podido hablar con ella mientras pasaba de largo, Barbie le habría dicho: «Si te fiabas de mí para que te preparase una salchicha con huevos, bien podrías haberte fiado para llevarme unos kilómetros en el asiento del copiloto».
Pero, claro, no tuvo oportunidad, así que se limitó a levantar la mano en un breve saludo que daba a entender «ningún problema». Las luces de freno de la furgoneta parpadearon, como si la chica lo hubiera reconsiderado. Después se apagaron y aceleró.
Durante los días siguientes, cuando las cosas empezaron a ir de mal en peor en Chester's Mills, Barbie reviviría una y otra vez ese pequeño instante bajo el cálido sol de octubre. Pensaría en ese segundo parpadeo de duda de las luces de freno… como si la chica al final lo hubiera reconocido. Es el cocinero del Sweetbriar Rose, estoy casi segura. Quizá debería…
Sin embargo, ese «quizá» era un abismo por el que se habían precipitado hombres mejores que él. Si ella de verdad lo hubiera reconsiderado, todo habría cambiado a partir de entonces en la vida de Barbie. Porque ella había conseguido escapar; él jamás volvió a ver ni a la rubia atractiva, ni la vieja furgoneta Ford F-150. Debió de cruzar los límites de Chester's Mills unos minutos (o incluso segundos) antes de que la frontera se cerrara de golpe. Si él hubiera ido con ella, estaría fuera sano y salvo.
