
A menos, claro está, pensaría más tarde, cuando no había manera de conciliar el sueño, que hubiese perdido demasiado tiempo recogiéndome. En tal caso, aun así, yo no estaría aquí. Y ella tampoco. Porque el límite de velocidad en ese tramo de la 119 es de ochenta kilómetros por hora. Y a ochenta kilómetros por hora…
En ese punto siempre pensaba en la avioneta.
2
La avioneta lo sobrevoló justo después de que él pasara por Coches de Ocasión Jim Rennie, un lugar por el que Barbie no sentía ningún aprecio. No es que hubiera comprado allí una tartana (hacía más de un año que no tenía coche, el último lo había vendido en Punta Gorda, Florida). Era solo que Jim Rennie Jr. fue uno de los tíos de aquella noche en el aparcamiento del Dipper's. Un chico que tenía algo que demostrar, y lo que no pudiera demostrar por sí solo lo demostraría formando parte de un grupo. Así era como hacían negocios los Jim Junior del mundo, por lo que Barbie había podido comprobar.
Sin embargo, eso había quedado atrás. Coches de Ocasión Jim Rennie, Jim Junior, el Sweetbriar Rose (¡Las almejas rebozadas son nuestra especialidad! Siempre enteras. Nunca en trozos), Angie McCain, Andy Sanders. Todo, incluido el Dipper's. Nuestras estupendas palizas servidas en el aparcamiento, especialidad de la casa. Todo había quedado atrás. Y ¿qué tenía delante? Pues las puertas de América. Adiós, pueblucho de Maine; hola, Big Sky.
Qué diablos, tal vez bajara otra vez hacia el sur. Por muy bonito que fuera ese día en concreto, el invierno acechaba a solo una o dos páginas del calendario. El sur tenía buena pinta. Nunca había estado en Muscle Shoals, y le gustaba cómo sonaba.
