
A lo mejor habría que mudarse por ley en octubre, pensó. Nuevo lema nacional: EN OCTUBRE, TODOS DE MUDANZA. Te tomas un permiso en agosto para recoger los bártulos, en septiembre avisas con la debida semana de antelación, y luego…
Se detuvo. No muy lejos, al otro lado de la carretera, había una marmota. Una marmota gorda de cojones. Y lustrosa y atrevida, además. En lugar de escabullirse entre la hierba alta, seguía avanzando. La copa de un abedul caído ocupaba la mitad del arcén, y Barbie apostó a que la marmota correría a esconderse allí y aguardaría a que el malvado Dos Piernas pasara de largo. Si no, se cruzarían cual dos trotamundos: el de cuatro patas rumbo al norte, y el de dos, rumbo al sur. Barbie deseó que fuera eso lo que pasase. Sería chulo.
Esos pensamientos pasaron por su mente en cuestión de segundos; la sombra de la avioneta seguía estando entre la marmota y él, una cruz negra que recorría la carretera. Entonces sucedieron dos cosas de forma casi simultánea.
