«Piélagos de Músculo» era pura poesía, joder, y la idea de ir allí lo ilusionó tanto que, cuando oyó el ruido de la avioneta, miró al cielo y, lleno de entusiasmo, le dedicó un gran saludo al viejo estilo. Esperó un movimiento de alabeo en respuesta, pero no lo hubo, y eso que el Seneca volaba a velocidad de tortuga y a muy poca altitud. Barbie supuso que serían turistas disfrutando de las vistas -era un día ideal para ellos, con los árboles encendidos- o tal vez fuera algún chaval sacándose la licencia de vuelo, demasiado preocupado por no cagarla para molestarse en contestar a terrícolas como Dale Barbara. Sin embargo, les deseó un buen día. Tanto si eran turistas como si era un chaval a seis semanas aún de su primer vuelo en solitario, Barbie les deseó un buen día. Era una mañana agradable, y cada paso que lo alejaba de Chester's Mills la hacía aún mejor. En Mills había demasiados gilipollas y, además, viajar era bueno para el alma.

A lo mejor habría que mudarse por ley en octubre, pensó. Nuevo lema nacional: EN OCTUBRE, TODOS DE MUDANZA. Te tomas un permiso en agosto para recoger los bártulos, en septiembre avisas con la debida semana de antelación, y luego…

Se detuvo. No muy lejos, al otro lado de la carretera, había una marmota. Una marmota gorda de cojones. Y lustrosa y atrevida, además. En lugar de escabullirse entre la hierba alta, seguía avanzando. La copa de un abedul caído ocupaba la mitad del arcén, y Barbie apostó a que la marmota correría a esconderse allí y aguardaría a que el malvado Dos Piernas pasara de largo. Si no, se cruzarían cual dos trotamundos: el de cuatro patas rumbo al norte, y el de dos, rumbo al sur. Barbie deseó que fuera eso lo que pasase. Sería chulo.

Esos pensamientos pasaron por su mente en cuestión de segundos; la sombra de la avioneta seguía estando entre la marmota y él, una cruz negra que recorría la carretera. Entonces sucedieron dos cosas de forma casi simultánea.



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