
– No me di cuenta de que Tregarth o Blake estaban en el mismo barco que nosotros, y a los demás los conozco sólo por su reputación. -Christian lanzó un vistazo hacia Tristan-. ¿Estás seguro de que los demás lo han dejado?
– Sé que Warnerfleet y Blake sí, por la misma razón que nosotros. En cuanto a los otros, es pura conjetura, pero no veo a Dalziel comprometiendo a un operativo del calibre de St Austell, o Tregarth, o Deverell por esto, sólo para complacer el último capricho de Prinny.
– Es verdad.
Christian volvió a mirar el mar de cabezas.
Tanto él como Tristan eran altos, de hombros anchos, y delgados, con la afilada fuerza de hombres acostumbrados a la acción, una fuerza mal disimulada por el elegante corte de las ropas que llevaban puestas aquella noche. Bajo aquellas prendas, ambos cargaban con cicatrices de años de servicio activo; aunque tuviesen las uñas perfectamente arregladas, aún tendrían que pasar unos cuantos meses antes de que los signos reveladores de su inusual, y muchas veces poco caballerosa anterior profesión, se desvanecieran de sus manos -los callos, las durezas, la aspereza de las manos.
Ellos y sus cinco colegas que sabían que estaban presentes, habían servido a Dalziel y a su país durante al menos una década, Christian durante casi quince años. Habían servido bajo cualquier disfraz que les hubiesen pedido, desde nobles hasta barrenderos, desde clérigos a peones. Para ellos, sólo había un éxito, descubrir la información que debían obtener tras las líneas enemigas y sobrevivir el tiempo suficiente para traérsela a Dalziel.
Christian suspiró, agotada la bebida.
– Voy a echarlo de menos.
