
La carcajada de Tristan fue corta.
– ¿No lo haremos todos?
– Sea como sea, dado que ya no trabajamos para Su Majestad -Christian dejó el vaso vacío sobre un aparador cercano- no veo por qué tenemos que estar aquí de pie hablando, cuando estaríamos mucho más cómodos haciendo lo mismo en otro sitio… -Su mirada gris se cruzó con los ojos de un hombre que estaba considerando claramente el acercarse; el caballero lo volvió a pensar y se giró para irse-. Y sin correr el riesgo de tener que hacer el paripé ante cualquier adulador que nos coja y nos pida oír nuestra historia.
Mirando a Tristan, Christian alzó una ceja.
– ¿Qué dices, deberíamos pasar a un ambiente más placentero?
– Por supuesto. -Tristan le tendió su vaso vacío a un lacayo que pasaba-. ¿Tienes en mente algún lugar en particular?
– Siempre he tenido debilidad por el Ship and the Anchor. Tiene un salón pequeño muy acogedor.
Tristan inclinó la cabeza.
– El Ship and the Anchor, entonces. Deberíamos irnos juntos, ¿no crees?
Los labios de Christian se curvaron.
– Las cabezas juntas, hablando afanosamente con tono profundo y urgente. Si vamos hacia la puerta, discreta pero decididamente, no veo razones para que no podamos ir en línea recta.
Lo hicieron. Todo el que los vio asumió que habían sido convocados para llamar al otro, debido a algún propósito secreto pero altamente importante; los lacayos se apresuraron a coger sus abrigos, y entonces salieron a la fría noche.
Se pararon, respiraron profundamente, limpiando los pulmones de la sofocante falta de aire del asfixiante Pavilion, entonces, intercambiaron unas breves sonrisas y apretaron el paso.
Dejaron la brillantemente iluminada entrada al Pavilion, y emergieron en la North Street. Giraron hacia la derecha y caminaron hacia Brighton Square y las callejuelas de más allá con el paso tranquilo de aquellos que saben adónde van.
