– Correremos el riesgo.

Tristan ocultó una sonrisa, tiró unas monedas sobre el mostrador a cambio de las cervezas, levantó la segunda jarra, y siguió a Christian.

Alcanzó a Christian cuando éste hacía oscilar la puerta al pequeño salón.

El grupo reunido alrededor de las dos mesas les miró a la vez; cinco pares de ojos se clavaron en ellos.

Cinco sonrisas se abrieron paso.

Charles St. Austell se reclinó en la silla en el lado más alejado de la mesa y ondeó una mano hacia ellos magnánimamente.

– Sois mejores hombres que nosotros. Estábamos a punto de empezar a apostar cuánto tiempo aguantaríais.

Los otros se levantaron para poder volver a colocar las mesas y las sillas. Tristan cerró la puerta, colocó su jarra en la mesa, y luego se unió a la ronda de presentaciones.

Aunque todos habían servido bajo el mando de Dalziel, nunca habían estado juntos los siete. Cada uno de ellos conocía a alguno; pero ninguno había conocido a todos previamente.

Christian Allardyce, el mayor y el que llevaba más tiempo en el servicio, había operado en el Este de Francia, a veces en Suiza y Alemania, y en otros estados y principados pequeños; con su color rubio y su facilidad para los lenguajes, había parecido natural de aquellos lugares.

Tristan había servido de forma más general, a veces en el centro de las cosas, en París y en las más importantes ciudades industriales; su fluido francés, al igual que su alemán e italiano, su pelo castaño, sus ojos marrones, y su fácil encanto les habían servido bien a él y a su país.

Nunca se había cruzado con Charles St. Austell, en apariencia el más llamativo del grupo. Con sus caídos rizos negros y sus centelleantes ojos azules, Charles era un imán para las mujeres de todas las edades, jóvenes y maduras. Mitad francés, poseía tanta labia como ingenio, que aprovechaba junto a sus atributos físicos; había sido el operativo principal de Dalziel en el sur de Francia, en Carcasonne y Toulouse.



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