– ¿Dónde está Ziga? -preguntaron a la vez, en polaco. Entonces comprendí por qué al ciego no le había sorprendido que yo fuera polaco. Dije lo primero que se me ocurrió:

– Estoy esperándole.

El que iba sin afeitar miró a su alrededor por la habitación y, repentinamente, disparó una ráfaga de su metralleta a los pliegues de la cortina. Esperé oír gritos, gemidos, pero no ocurrió nada. Entonces ambos se volvieron hacia mi.

Éste es el fin, pensé, y apenas pude articular:

– ¿Vienen a por las cartas? Están en la cómoda.

– ¿Dónde?

Señalé hacia la cómoda situada junto al diván.

– Vaya y ábrala -me ordenó el que iba sin afeitar. Fui, y con manos temblorosas que ya no podía controlar abrí un cajón.

En el fondo del mismo había un montón de sobres blancos alargados. El que iba sin afeitar me empujó a un lado con su metralleta y miró al interior.

– Están aquí -dijo, y sonrió. No tuvo oportunidad de decir más. El clic familiar sonó vanas veces desde detrás de la cortina, y tanto el hombre del sombrero como su amigo sin afeitar cayeron al suelo, casi simultáneamente. No recuerdo qué fue lo que golpeó primero el suelo: si sus cabezas o las metralletas que se les escaparon de las manos.

– Se acabó. -El ciego salió de detrás de la cortina, sonriendo.

Tocó primero a uno, luego al otro, con el pie, y después se echó hacia atrás, como un bañista que prueba la temperatura del agua.

– Lo ha hecho bien, y hasta se ha ganado un premio, señor desconocido -dijo, entregándome lo que parecía una moneda grande-. Tome esto. Esta medalla puede llegar a serle útil «Vivió para su patria, murió por su honor» -Se echó a reír, y luego, repentinamente, volvió a susurrar, de nuevo escuchando algo-: Ya vienen a por mí. No salga conmigo, voy por la oscuridad como un gato. Salga un minuto o dos después que yo. Dejaré la puerta abierta. Y no se retrase. Un encuentro con la policía en estas circunstancias no le resultaría muy agradable.



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