– De Polonia.

– ¿Cuánto tiempo hace?

– Salí de allí en diciembre del año pasado.

– No mienta.

– Le podría mostrar mi pasaporte, pero usted… -me detuve, confundido.

– ¿Quiere decir que es usted comunista? -me interrumpió.

– Así es -respondí, desabrido. Aquel interrogatorio estaba empezando a irritarme.

– ¿Por qué está usted aquí?

Se lo dije.

– Por alguna razón, le creo -dijo pensativo-. Pero, ha visto el escondite.

Miré el libro, con el rostro de Mickiewicz repujado en su tapa

– Y las cartas -añadió en tono amenazador.

– Al infierno con sus cartas.

– Entonces, esperaremos a que ellos vengan a buscarlas. Vendrán sin falta. Tienen que hacerlo.

– ¿Quiénes son ellos? -pregunté.

– ¡Ssst! -susurró, y escuchó, tendiendo su cabeza de una forma rara, no como un hombre sino más bien como el oído en el cuento de hadas de Grimm. Yo no podía oír nada. El silencio mezclado con el sonido de la lluvia del exterior me rodeaba.

– ¿Ha entrado alguien? -pregunté.

– Ni un sonido -respondió en un susurro-. Aún no han entrado. Ahora están abriendo la puerta con una llave maestra. Han cruzado el descansillo. Vienen.

Dijo esto último de una forma casi inaudible, apenas moviendo los labios. Pude oír el débil golpear de tacones con protecciones metálicas en el pasillo.

– Quédese ahí. Yo iré tras la cortina. Bajo ninguna circunstancia debe decirles dónde estoy. Y no tenga miedo, no empezarán a disparar. Necesitan las cartas. Dígales que están en la cómoda junto al diván ¿De acuerdo?

Asentí. Moviéndose con la misma facilidad y ligereza que un fantasma, desapareció tras la cortina que dividía la habitación en su rincón más lejano. Yo me quedé sentado en la misma posición, esperando lo peor.

Dos hombres con gabardinas mojadas entraron en la habitación, empuñando metralletas. Uno de ellos llevaba un sombrero muy deformado encasquetado hasta los ojos. El otro tenía un semblante oscuro y no iba afeitado, con su húmedo pelo cayéndole en bucles. Se agitó como un perro cuando sale del agua.



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