– En el cuarenta y cuatro yo tenía cuatro años.

– Y yo tenía cuarenta. Para evitar cualquier equívoco, definiré mi posición política -Me hizo una inclinación de cabeza, seca y militar-. Leszczycki, Kazimierz-Andrezj, ex mayor de la Armia Krajowa. Aquí les gustan los nombres largos, pero en Polonia, por aquel entonces, bastaba con un apodo. No importaba cuál fuera este apodo, lo que importaba era repetir una y otra vez los términos libertad, igualdad y fraternidad, y los repetimos mucho, antes de que lo enviásemos todo al infierno. Yo lo estuve haciendo hasta que los ingleses me llevaron a Londres y, una vez allí… me vendieron a los Estados Unidos.

No le comprendí.

– ¿Qué quiere decir con eso de que lo vendieron?

– Bueno, lo expresaré de una manera más suave… Digamos que me entregaron; me pusieron algo en una bebida, tanto a mi como a mi jefe, el doctor Holling, nos metieron en un submarino, y nos llevaron al otro lado del océano. Ahora ya puedo presentarme: antiguo colega de Einstein, ex profesor de la universidad de Princeton, y creador de una teoría del tiempo discreto que ahora ha sido oficialmente rechazada por la ciencia. La triste suma de muchas, muchas cosas.

– ¿Y qué hace ahora? -pregunté cautamente.

– Bebo.

Se alisó el canoso cabello que le brotaba como las púas de un erizo sobre una alta frente y una aguileña nariz: tenía el aspecto de un Sherlock Holmes veinte años más viejo o de un Don Quijote al que le hubieran afeitado barba y patillas.

– No crea que soy un borracho impenitente. Es sólo una reacción a diez años de aislamiento en los que no fui a ningún sitio, no leí nada, no vi a nadie, sólo trabajé hasta derrumbarme en un problema científico que era una gran apuesta. Eso es todo.



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